He descubierto que para realmente crecer, a veces es necesario cambiar la dinámica.
La forma en la que yo defino “cambiar la dinámica” es la siguiente:
Provocar una modificación radical en tu entorno que te obligue —directa o indirectamente— a actuar de manera distinta.
Énfasis en la palabra «radical». Debe ser algo que altere tu día a día; algo que se registre como “nuevo” en tu cerebro y no puedas ignorar fácilmente.
- Renunciar a un trabajo estable y bien remunerado para entrar a una empresa donde aprenderás más.
- Mudarte a una ciudad donde no conoces a nadie y la vida es más cara, sabiendo que tu estilo de vida bajará.
- Terminar esa relación a la que le has invertido años, pero nada parece mejorar.
Cambiar la dinámica implica incomodidad. Hacer este tipo de cambios puede herir la confianza que tenemos en nosotros mismos. Nos hace creer que estamos retrocediendo o que cometimos un error. Y a pesar de que a veces sí sea el caso, es la única forma de salir de un lugar donde no quieres estar.
No siempre es obvio cuándo cambiar la dinámica. Yo me doy cuenta cuando no he aprendido nada nuevo en seis meses, cuando me encuentro teniendo la misma conversación o cuando estoy resolviendo el mismo bug que he visto cien veces. Y entonces me entra un pensamiento: «¿voy a estar haciendo esto el resto de mi vida?» «¿Y si nunca me deshago de este problema?». La microansiedad que me genera esta idea me ayuda a identificar que llegó el momento.
Yo mismo me considero malísimo en aplicar este consejo; me resisto a tener las conversaciones difíciles y en vez de eso me dedico a sobrepensar en cómo puedo resolver el asunto si tan solo le dedico más tiempo, más análisis. Sin embargo, si hago un recuento de las veces que más he crecido personalmente, el patrón que encuentro es un “cambio de dinámica” —a veces forzado— que me obligó a moverme.
Algo que debo recordarme más seguido.